D+C Desarrollo y Cooperación (No. 2, Marzo/abril 2002, p. 20 - 24)


Más que un puñado de dólares
Las remesas de residentes en EE.UU: un fenómeno económico y sociocultural

David Hernández


Un fenómeno financiero - las remesas de residentes en Estados Unidos - cobra cada vez más importancia. Desde hace algunos años México, Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua reciben regularmente importantes remesas de los emigrantes, que han pasado a convertirse en un factor económico de primer orden, generando incluso más entradas de divisas que las obtenidas por el turismo o por las exportaciones de productos tradicionales como café, azúcar, algodón, pescado o camarón. Pero el fenómeno abarca un abanico de elementos, no sólo económicos, sino también socioculturales.


En el año 2000, hogares de los países latinoamericanos y del Caribe recibieron más de 20.000 millones de dólares en remesas procedentes de familiares residentes en EE.UU., según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En seis países de Latinoamérica, las remesas constituyen más del 10% de su crecimiento económico. En México las remesas de 6.573 millones de dólares en 2000 casi igualan los ingresos derivados del turismo, exceden en 160% a las exportaciones agrícolas y constituyen más de dos terceras partes de las exportaciones de petróleo.

En El Salvador las remesas en 2000 totalizaron 1.580 millones de dólares, de los que el gobierno depende cada vez más para sostener la economía. En Cuba, a pesar del embargo comercial impuesto por EE.UU., las remesas sobrepasan los 800 millones de dólares y se dice que han reemplazado la ayuda de la ex Unión Soviética. En Guatemala, las remesas de 2000 se situaron en torno a los 500 millones de dólares, según datos de la CEPAL y del Banco de Comercio Exterior de México, y en Honduras y Nicaragua las remesas familiares fueron de 128 y 95 millones de dólares en 1999, lo que equivale al 8% del ingreso de divisas por exportación para Honduras y al 14% de las exportaciones nicaragüenses.

Obligados por las violentas convulsiones políticas de los últimos treinta años, pero también por la permanente crisis socioeconómica, millones de centroamericanos han emigrado ilegalmente a EE.UU. a través de la frontera que separa a los EE.UU. de México.

La dinámica de la globalización hay que entenderla como el espacio transnacional donde se mueven no sólo el capital, los productos de exportación, la información y las prestaciones de servicios, sino también las personas. En el caso de los inmigrantes centroamericanos a EE.UU., se trata de un proceso reciente que ha dado lugar a nuevas comunidades en territorio estadounidense.

Los científicos sociales hablan de «global population», «transmigrants», «transnational communites» o de «global nation» para explicar el fenómeno social que se ha creado sobre todo en los barrios de inmigrantes de las principales urbes norteamericanas. Pero además, en estas ciudades están presentes el desempleo, la pobreza, el desamparo y los flagelos sociales de las drogas y las pandillas juveniles, razón por la que «el Tercer Mundo» no termina en el Río Grande, sino que se encuentra presente en los barrios periféricos de emigrantes de megapólis como Los Angeles y Nueva York.

En EE.UU. residen cerca de 21 millones de emigrantes mexicanos, 3,4 de portorriqueños, 2,3 de salvadoreños, 1,5 de guatemaltecos, sin contar a los cubanos, dominicanos, nicaragüenses, hondureños y colombianos, con una fuerte tasa migratoria. Estados Unidos es, con más de 30 millones de hispanohablantes, uno de los primeros países del mundo de habla castellana a la par de México y España.

Ese fenómeno plantea para países como México un reto enorme en lo relativo a la integración de sus connacionales en el extranjero, que van desde la facilitación de medidas legales para otorgar la doble ciudadanía hasta una redefinición de «lo nacional», pues cerca de 6 millones de mexicanos - un 6% de la población total - son también ciudadanos estadounidenses. De esta forma las fronteras han dejado de estar definidas geográficamente y se han prolongado socialmente, pues México se ve en este contexto como un Estado-Nación «desterritorializado» que no termina en el Río Grande sino que continúa en California, pasa por Los Angeles y llega hasta Nueva York.


México «tres por uno»

México es el país que más vínculos geográficos y económicos tiene con EE.UU. El fenómeno de la inmigración mexicana al país vecino norteño experimentó un auge durante la época del «Bracero-Programm» (1942-1964), que permitió reclutar más de 5 millones de mexicanos para que, como su nombre lo indica, laboraran como «braceros» en los trabajos de agricultura sobre todo en el Estado de California.

En la actualidad, las remesas se han constituido, después del turismo y el petróleo, en la tercera fuente de ingresos de divisas en el país, y su importancia va en aumento. En el primer trimestre del presente año, el monto de las remesas aumentó en un 43%, lo que hace prever una cifra cercana a los 10.000 millones de dólares este año, según la Oficina Presidencial para Mexicanos en el Exterior, entidad creada por el Presidente, Vicente Fox, para velar por los derechos y los intereses de los compatriotas en Estados Unidos.

El primer trimestre del año 2000 entraron a México por ese concepto 1.397,9 millones de dólares frente a los 2.010,7 millones de dólares en el mismo período de este año, según datos del Banco de México. La cantidad de dólares es tan importante para la economía nacional que, inclusive en comparación con el cuarto trimestre del año pasado, el influjo tuvo un incremento de 201,2 millones de dólares, cantidad que en términos reales constituye un alza del 11%.

Frente a estas óptimas perspectivas, el nuevo gobierno del Presidente Fox ha desatado una verdadera «caza» del emigrante, con el fin de atraer sus preciadas divisas. Cuatro son los programas básicos que el gobierno propone a los mexicanos residentes en EE.UU. Uno de los más innovativos por su carácter práctico es llamado «Programa del tres por uno», que promueve donaciones de los emigrantes a sus lugares de origen, que las autoridades mexicanas se comprometen a multiplicar por tres, con desembolsos simultáneos de los Gobiernos federal, del Estado y del municipio a donde llegue.

El otro programa es el de la búsqueda de «padrinos» que consiste en ofrecer a «mexicanos exitosos» en EE.UU. oportunidades y facilidades para invertir en las noventa «micro-regiones» más pobres y con mayor número de emigrantes del país. Otro de los programas, «visite la tierra de sus padres, la tierra de sus abuelos» busca incentivar a los hijos y nietos de los mexicanos radicados en EE.UU. para que, según el director de la Oficina Presidencial para Mexicanos en el Exterior, José Hernández, «primero piensen en México a la hora de decidir dónde hacer sus inversiones o cuando vayan a salir como turistas».

Frente a este fenómeno el gobierno de Vicente Fox ha reaccionado tratando de disminuir el costo del envío de remesas a través de los bancos oficiales y al mismo tiempo ha pedido a las empresas privadas que reduzcan el precio del envío de remesas. Los ejecutivos de dichas empresas han contestado comprometiéndose a entrar en un lento proceso de disminución de las tarifas que no afecte sus propios intereses.

También el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha tomado cartas en el asunto y está trabajando con países como México y El Salvador para crear mecanismos de reducción del costo de las transacciones a fin de que las familias y los países obtengan más fondos de los que reciben en la actualidad. A largo plazo, la institución continental con sede en Washington afirma que pueden implementarse mecanismos de inversión para el desarrollo económico de las comunidades.

El BID aclara que no se trata de involucrar remesas regulares que los pobres en EE.UU. envían a familias desesperadamente pobres en sus países. Se trata de los fondos que envían, por ejemplo, inmigrantes ya establecidos, algunos de los cuales tienen hasta negocio propio y que podrían organizarse a nivel local en EE.UU. con miras a invertir en sus comunidades de origen en los distintos países.

El Fondo de Inversión Multilateral (FIM) del BID auspició la tercera semana de mayo del presente año un foro en Washington, D.C., donde representantes gubernamentales, de la banca y el sector privado de estos países discutieron alternativas de reducción de los costos de transferencias y de inversiones de desarrollo económico. Donald F. Terry, administrador del FIM, señaló que «sólo recientemente ha comenzado a entenderse la noción de las remesas como una poderosa fuerza económica y social. Se trata de un fenómeno que ha crecido con rapidez en años recientes».


Caras transferencias

Uno de los principales problemas que ha generado el flujo de remesas, no sólo en México sino también en los otros países receptores, es el elevado precio de las transferencias. Los costos de envío son astronómicos y en algunos casos las comisiones llegan al 30%, sin contar lo que se pierde con el cambio. Todo esto representa una merma importante para el beneficiario y para la economía de los países receptores. Y es que a pesar de que constituyen la tercera fuente de ingresos en México, el gobierno no dispone todavía de un mecanismo legal que regule tal actividad económica para protección del dinero de los emigrantes. En México las transferencias de dinero no están reguladas por las autoridades bancarias, financieras, comerciales, impositivas, ni de protección al consumidor. Lo mismo sucede en otros países del área.


Terry cree que la cifra de remesas es incluso mayor que la reportada. El monto, aseguró, «es substancialmente minimizado porque las transferencias no se hacen a través de canales oficiales». Supondría, señaló, entre 1.000 y 2.000 mil millones de dólares adicionales - de los 20.000 millones de dólares enviados hacia Latinoamérica en el año 2000 - en los bolsillos de los beneficiarios y, por tanto, en las economías de los países beneficiados por las remesas.

«No intentamos aporrear a Western Union, por ejemplo. Pero la realidad es que hacer un envío tiene un costo inicial de 29 dólares y que a eso se suma otro 5% ó 10% por costo de transmisión», señaló Donald F. Terry.

Estas cifras coinciden con las del abogado de Los Angeles Fred Kumetz, quien en el transcurso de este debate afirmó que en los últimos cinco años «las empresas Western Union y MoneyGram, así como sus filiales en Latinoamérica, que incluyen a Elektra y Banamex en México, se han quedado con cerca de 500 millones de dólares provenientes de las remesas que envían los connacionales residentes en EE.UU.». Kumetz explicó que estas dos compañías llegan a posesionarse, de una u otra forma, de hasta 20 dólares por cada remesa de 300 dólares, lo que representa «un abuso».

Por otro lado, Fred Kumetz aprovechó para profundizar el debate del lavado de dinero, al afirmar que dada la ausencia de mecanismos reguladores, Estados Unidos es el lugar ideal para lavar dinero obtenido ilegalmente, pues en dicho país el cliente lo único que tiene que hacer es llenar un formulario. «Pueden enviar de 500 a cuatro mil dólares sin mayor inconveniente. Igual, un individuo o grupo puede hacer 30 transferencias monetarias al día: puede fácilmente enviar en cuatro o cinco horas, y yendo de un supermercado a otro, tres mil dólares en cada transferencia. Es decir, 90 mil dólares al menos diariamente. A los agentes de Western Union y MoneyGram no les importa quién manda el dinero«, explicó.

Para tratar problemas de esta índole el BID, a través del FIM, se ha reunido y seguirá reuniéndose con las reguladoras de las cooperativas de ahorro y crédito y de más de seis mil instituciones financieras en México. El administrador del FIM Donald F. Terry manifestó que «el tema representa un gran desafío, no sólo por la falta de una red de instituciones en los países receptores de las remesas, sino por la desconfianza en el sistema bancario. Por ejemplo, en los Estados Unidos la población indocumentada evita abrir cuentas bancarias por temor a ser identificada o deportada, a pesar de que para abrirla no tienen que ser residentes legales«, agregó.


1 de cada 4 salvadoreños vive en el exterior

Si los principales componentes de una nación son el lenguaje, la religión, la cultura y la población, aparte del territorio, en este caso estaríamos ante un clásico ejemplo de una Meta-Nación, ya que los residentes en EE.UU. hablan en «salvadoreño», oyen música salvadoreña, comen de acuerdo a las recetas tradicionales del país y hasta celebran las fiestas patronales más importantes (como el 5 de agosto Día de El Salvador del Mundo o el 15 de septiembre Día de la Independencia) en los respectivos «Salvador-Towns» de las ciudades norteamericanas de residencia



El Salvador: remesas y estabilidad
cambiaria

La emigración salvadoreña a los Estados Unidos ha experimentado un verdadero «boom» en las últimas dos décadas debido a la sangrienta guerra civil de 1980-92 y a la profunda crisis económica en que está sumido el país desde siempre. Según diferentes cálculos, difíciles de constatar debido al elevado número de indocumentados, la población salvadoreña en EE.UU. se acerca a los 2,3 millones de habitantes, de los cuales en el año 2000, según el Censo de la Oficina del Departamento de Comercio de Estados Unidos, 665.165 están legalizados. La mayoría está concentrada en Los Angeles, Houston, Nueva York, Miami, San Francisco y Washington D.C.

Aproximadamente una cuarta parte de la población salvadoreña (6,3 millones en el país y 2,5 en el extranjero) está residiendo en Estados Unidos. No hay casí ninguna familia en el país que no tenga por lo menos un pariente del entorno familiar más cercano en el país del norte. Las remesas a El Salvador constituyen la primera fuente de divisas de país, muy por encima de los ingresos obtenidos por la exportación de café y azúcar, principales productos de exportación.

El papel que desempeñan las remesas en la estabilidad económica ha sido una de las principales bases para la estabilidad cambiaria en El Salvador, cuyo tipo de cambio, 8,75 colones por un dólar, ha sido prácticamente el único en la región que se ha mantenido constante en la última década. Ello ha contribuido al paso hacia la dolarización del país que a partir de enero de este año decretó el gobierno del Presidente Francisco Flores.

Para el presente año, el Banco Central de Reserva de El Salvador (BCR) reportó que en enero de 2001 ingresaron 147,6 millones de dólares, una cifra superior al promedio mensual de ingresos durante el año pasado, que fue de 145,8 millones de dólares. Además, otro factor estabilizador vino a sumar optimismo en el país luego de los dos terremotos del 13 de enero y el 13 de febrero: el Presidente George G. Bush aprobó a principios de marzo una amnistía para más de 150.000 salvadoreños indocumentados, que no podrán ser deportados y a quienes se les otorgará permiso de trabajo por 18 meses.

El Presidente Francisco Flores afirmó que con esa situación de estabilidad legal y emocional que tendrán miles de inmigrantes, a El Salvador podrían ingresar 350 millones de dólares adicionales a los que ingresan anualmente. Quiere decir que en 2001, según cálculos oficiales, podrían ingresar 2.100 millones de dólares, que significarían más de dos veces y media el ingreso en concepto de remesas de 1990.


El 97 % del ingreso de divisas

Las remesas a El Salvador totalizaron en 1990 unos 800 millones de dólares y en 2000 alcanzaron los 1.580 millones. Es impresionante notar que para 1990, en el fragor de la guerra civil, las remesas familiares de los salvadoreños eran un 97% del ingreso de divisas que el país obtenía por sus exportaciones totales. Se estima que en la actualidad las remesas salvadoreñas equivalen a «sólo» un 60% de las exportaciones totales, constituyendo un 16% de la producción total del país.


Los 1.580 millones de dólares que ingresaron en 2000 equivalen al 13% del Producto Interno Bruto (PIB) de El Salvador y a cinco veces el ingreso por exportaciones de café, el principal producto de exportación nacional; por otra parte, esas remesas cubren casi el 95% del déficit comercial. Según cálculos conservadores, los salvadoreños residentes en EE.UU. enviaron 695,6 dólares per cápita en el 2000.

El consultor económico internacional Salvador Cortez, que reside en Washington, considera que las remesas en El Salvador aún no se han usado para el desarrollo social, como en el caso de México, sin embargo, a través de las remesas familiares, un millón de salvadoreños han salido de la pobreza extrema en que vivían. Fuentes oficiales indican que las millonarias remesas han permitido en El Salvador equilibrar la balanza comercial y fortalecer las reservas monetarias internacionales.

Mientras persista la crisis económica en El Salvador y dure el crecimiento sostenido en Estados Unidos, la migración de salvadoreños no se va a detener. Ante esas circunstancias, Salvador Cortez insiste que en su conjunto, la comunidad de inmigrantes, la sociedad civil y el gobierno deben impulsar proyectos de remesas colectivas que vayan mucho más lejos de las perspectivas y necesidades cortoplacistas, es decir, que impulsen proyectos rentables y generadores de empleo y capital.


Gallinas en la lavadora

En la mayoría de los hogares beneficiarios de las remesas en América Central se registra una «americanización» de la vida cotidiana, mediante la presencia y uso de productos estadounidenses que van desde jabones, desodorantes, ropa y calzado hasta aparatos electrodomésticos y automóviles. Hay además casos paradójicos, como el de la familia en una aldea salvadoreña que posee una moderna lavadora automática enviada por los familiares desde EE.UU. pero, debido a la falta de agua potable y sistema de alcantarillado y electricidad en el poblado, usan la lavadora como nido para las gallinas.



Guatemala:
la «larga marcha» hacia el Norte

Según estimaciones, cerca de 1,5 millones de guatemaltecos residen legal o ilegalmente en los Estados Unidos, es decir, alrededor del 18% de los nueve millones de habitantes que suma la población total del país. Las causas del éxodo son las mismas que las de la emigración salvadoreña: guerra civil y crisis económica, pero también la criminalidad, el galopante desempleo estructural y la crisis económica, así como las catástrofes naturales como terremotos, huracanes e inundaciones.

Por otro lado, en un estudio del Banco de Comercio Exterior de México del año 2000 sobre los trabajadores centroamericanos en EE.UU. se considera que el número de trabajadores emigrantes de Guatemala en EE.UU. pasó de 500 mil en 1990 a 720 mil en 2000. Esas cifras están confirmadas por el informe de la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) en sus informes sobre las «Remesas colectivas en Guatemala». Según datos de la CEPAL y del Banco de Guatemala, las remesas familiares en 1999 para Guatemala fueron de 466 millones de dólares, lo cual representó un 16% de sus exportaciones. Para 2001 se estima que las remesas sobrepasarán los 500 millones de dólares.

En Guatemala, la misma dinámica del envío de divisas a familiares ha creado efectos colaterales importantes. Se estima que en los años 80 buena parte del dinero se perdía en los sistemas públicos de correos. Ello alentó a la creación de empresas privadas, que impusieron precios de hasta un 11% sobre los montos movilizados. Actualmente, competencia ha disminuido esos pagos para los usuarios. Además, las remesas han promovido un sistema de dolarización de facto, tal como puede observarse en el uso del dólar como «moneda corriente», especialmente en aldeas rurales no sólo guatemaltecas, sino también salvadoreñas.


La norteamericanización de América
Central

Las remesas de los centroamericanos a sus países de origen seguirán siendo un factor cada vez más importante en las economías nacionales, especialmente en México, Guatemala y El Salvador, los casos estudiados en este trabajo. En el caso de México, la migración tiene una larga tradición y presenta profundas connotaciones socioculturales como el surgimiento de una nueva capa de población, los chicanos, con su específica forma de hablar, el «spanglish». El Salvador y Guatemala han sufrido guerras civiles, catastrofes naturales y crisis económicas que han obligado a sus connacionales a emigrar al norte buscando nuevos horizontes.

Estudios de sociólogos centroamericanos atestiguan que las remesas familiares cumplen sólo una función cortoplacista, ya que apenas sirven para cubrir las necesidades primordiales del hogar beneficiario como comida, casa, ropa y transporte. Queda escazo margen económico para ahorrar. Porcentualmente son pocos los hogares que han pasado al siguiente escalón de beneficio, la compra de tierras para cultivar, la apertura de un negocio o tienda de comestibles o la adquisición de un camión para transportes o de un auto para explotarlo como taxi.

Otro aspecto de la «norteamericanización« es la dolarización de hecho de la economía de muchos hogares en innumerables poblados donde el dólar circula libremente. Este fenómeno facilita medidas político-económicas como las tomadas por el gobierno salvadoreño, que decretó la dolarización del país a partir de enero de este año. Por lo menos a nivel psicológico la población está preparada para el dólar, que no es una moneda totalmente extraña, sino un símbolo de estabilidad y bienestar. Pero además, las remesas y la emigración han originado nuevos modelos de conducta social.

Por ejemplo, muchas familias de los emigrantes han perdido interés por la situación política nacional y se preocupan más por los sucesos del país del Norte. Un sociólogo alemán contaba sus experiencias de un pueblo en El Salvador, San Isidro, donde los rótulos de las calles fueron hechos en EE.UU. y aparecen escritos en inglés. Dichas calles fueron remodeladas con donativos de los connacionales residentes en EE.UU., y lo más curioso para él fue constatar que la población estaba más pendiente y mejor informada de las elecciones presidenciales y los candidatos en EE.UU. que de la política local y nacional, ya que de los resultados electorales en el país norteño iba a depender la política interna norteamericana respecto a los inmigrantes ilegales. Muchas familias conocían mejor los nombres de los políticos norteamericanos que los de los políticos salvadoreños.

En lo que respecta a las remesas propiamente dichas, es indudable que las compañías intermediarias, sobre todo la Western Union y MoneyGram, pero también las numerosas casas de envío de remesas de cada país, se quedan con una parte muy sustancial de las mismas, entre el 10 y el 30 %, y que va en detrimento de los beneficiarios y de la economía nacional. De los países afectados, sólo el gobierno mexicano ha dado muestras de cambiar está situación, que aumentaría sustancialmente los ingresos nacionales de divisas. El presidente Vicente Fox quiere reducir los costos de transferencia. El plan es bajarlos al 2% ó 3%, aunque ello implica entrar en confrontación directa con las empresas nacionales y transnacionales que realizan esas transacciones.

El BID, a través del FIM, ha comenzado a fomentar congresos, estudios y foros, no sólo en Washington, sino también en los países protagonistas, como México y El Salvador, para buscar alternativas que posibiliten un mayor aprovechamiento de las remesas en las economías nacionales a favor del desarrollo económico.


Principales fuentes consultadas:

Comisión Económica Para América Latina y El Caribe (CEPAL)
Banco Interamericano de Desarrollo (BID)
Fondo de Inversión Multilateral (FIM)
Banco de Comercio Exterior de México
Banco de México
Banco de Guatemala
Banco Central de Reserva de El Salvador
Oficina Presidencial para Mexicanos en el Exterior


David Hernández, Dr. phil., filólogo y escritor salvadoreño experto en asuntos latinoamericanos. Corresponsal cultural europeo del periódico «La Opinión», Los Angeles, USA y docente del Lateinamerika Institut, Universidad Libre de Berlín.



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