En la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América (1776) se encuentra, inmediatamente después de la introducción, la siguiente frase memorable: «We hold these Truths to be self-evident». Ante el desconcierto general que reina en el debate sobre la teoría del desarrollo hace tiempo que hace falta una «Declaración de Verdades Evidentes sobre el Desarrollo».
El tenor de esa «Declaración sobre el Desarrollo» debería ser: Estimamos las siguientes verdades como evidentes: que sin una modernización de las fuerzas productivas en la agricultura, modernización previa y concomitante industrialización no es posible esperar un desarrollo exitoso, que la industrialización debe comenzar en sectores vecinos a la agricultura antes de que se dé el paso a la gran industria, que es decisivo impulsar los mercados de masas en los que predominan los productos menos complejos, que la desigualdad en la distribución del suelo y del ingreso debe ser disminuida y entonces ejerce una función estratégica positiva para el desarrollo, puesto que promueve el crecimiento del mercado interno, que la movilización de capacidades a través de un sistema educacional diferenciado es capaz de compensar la falta de recursos naturales y de proporcionar las bases para la generación de innovaciones, que es importante crear tecnologías adecuadas y adaptar tecnologías externas a las necesidades propias, que una vía de ese tipo hacia el desarrollo necesita de una estrategia de relaciones económicas con el exterior que fomente la economía interna y la defienda de influjos externos negativos, que una protección exagerada frena las innovaciones y una protección demasiado escasa desalienta los esfuerzos propios, que se trata de practicar una selección apropiada de medidas de promoción y de protección, que una sociedad que pasa de tradicional a moderna y aumenta su movilidad social debe proporcionar posibilidades amplias de participación política.
Éstos serían los «essentials» de la Declaración. Es posible formularlos también negativamente. Porque si los esfuerzos por alcanzar el desarrollo fracasan, ese fracaso se debe a determinadas circunstancias, particulares o - como generalmente sucede - combinadas con otras. Éstas son: poner la prioridad en industrializar por industrializar, descuidando la agricultura, una distribución muy desigual de los recursos y del ingreso, la cual impide o dificulta que se formen mercados de masas, prioridades falsas en la educación y capacitación (por ejemplo poniéndolas en las ciencias humanas en desmedro de los ramos técnicos), una protección total o una apertura total de los mercados locales a la economía mundial, un sistema político que bloquee y reprima la participación o que se abra con demasiada lentitud a la modernización económica y social.
Estas «verdades manifiestas» mencionadas pueden parecer demasiado generales como para tener una significación operativa en la política del desarrollo. Pero no es así. En realidad son extremadamente concretas. Tan concretas, que son muy controvertidas en la práctica, ayer igual que hoy. Y no porque se las tenga por irracionales sino porque en general contradicen la lógica del status quo social vigente. Favorecer la agricultura, darle suficiente seguridad legal y recursos técnicos, pagarle a los campesinos buenos precios para estimularlos a producir, todo eso contradice la mentalidad de los habitantes de las ciudades, que son quienes deciden sobre el destino político de los países en desarrollo. Hace ya muchos años que se descubrió que ese sobrepeso urbano, esa mayor preferencia de la política del desarrollo por la ciudad es una falla básica de la política del desarrollo habitual, sin que se hayan sacado las consecuencias necesarias. No puede sorprender entonces que el espacio rural siga siendo una fuente generadora de pobreza rural y, por consecuencia, también urbana.
Reducir la desigualdad en la propiedad del suelo y en la distribución del ingreso supone por ejemplo una reforma agraria. Pero ésa es más que una medida de redistribución económica, puesto que implica un reordenamiento político: en sociedades todavía predominantemente agrarias se plantea con ella el tema de quién detenta el poder. Pero aún como medida económica tiene una importancia estratégica en el desarrollo, puesto que es el punto de partida para una ampliación masiva del mercado interno. Desde que Friedrich List analizó ese punto correctamente - y eso sucedió hace más de 150 años - habría que haberlo considerado como un factor importante en la política del desarrollo.
Por otra parte una distribución marcadamente desigual del suelo y del ingreso en una sociedad significa siempre que no se desarrollan conocimientos ni capacidades en una gran cantidad de personas. Sin embargo, en el proceso del desarrollo es decisivo movilizar ampliamente desde el comienzo toda clase de capacidades para poder resolver creativamente problemas locales, para cuyas soluciones no hay precedentes. ¿Cómo puede una persona ser ingeniosa sin tener una preparación? ¿Cómo se van a entender las tecnologías foráneas y cómo poderlas adaptar a las necesidades propias sin preparación tecnológica? Los países semi-industrializados, pobres en recursos naturales, del este de Asia han demostrado cómo la insistencia en la educación puede producir milagros en el desarrollo. Y la relación entre la educación de la mujer y la disminución del crecimiento de la población era claramente manifiesta mucho antes que se la constatara en la Conferencia sobre la Población Mundial de El Cairo. Pero ¿se sacan de ello consecuencias prácticas para la política del desarrollo?
Experiencias relevantes en ése y otros sentidos no son recientes. Nada es más desastroso para el debate sobre el desarrollo que su reducción al corto plazo y a la política del momento, así como su amnesia frente a conocimientos establecidos de la teoría. De la muy diversa historia del desarrollo de las sociedades europeas se pueden extraer lecciones positivas y negativas. ¿Por qué se desarrollaron algunas partes de Europa y otras se subdesarrollaron? Los conocimientos históricos respectivos tienen todavía hoy suma importancia, de igual modo que el debate sobre la pregunta, ¿por qué el este de Asia ha tenido en los últimos 50 años un desarrollo tan diverso al resto del Tercer Mundo? Las experiencias positivas y negativas fueron y siguen siendo las mismas.
Y, por último, allí están también las lecciones sacadas de la vía socialista al desarrollo, que fracasó por ser incapaz de reformarse, en la que se asfixió represivamente uno de los principales recursos, la expansión libre de individuos y grupos que alcanzan movilidad social.
¿Son entonces necesarias nuevas visiones para el desarrollo? En un sentido restringido del concepto no hacen falta, pues las lecciones de los éxitos y fracasos que ha habido hasta ahora están todavía vigentes. Sólo hace falta tomarlas en cuenta en su sentido positivo y negativo y sacar de las «verdades manifiestas» las respectivas consecuencias. Ninguna de las novedades que ahora se ofrecen en el mercado de las teorías es verdaderamente nueva. «Nuevas» son sólo porque se cuenta con la amnesia de aquéllos que podrían estar mejor enterados o porque se confía en la credulidad de aquéllos que, como toda nueva generación, tienen que familiarizarse de nuevo con lo essencial.
Entendiendo el concepto en un sentido amplio son sin embargo necesarias nuevas visiones. Se refieren a la problemática del «desarrollo sostenible», es decir del uso moderado de los recursos para darle a la humanidad del futuro una oportunidad de desarrollo. El «desarrollo sostenible» es, sin embargo, un desafío en primer lugar para las sociedades del mundo industrializado, que son las grandes despilfarradoras de energía y recursos. Sin un vuelco en ellas la política del desarrollo desembocará en un callejón sin salida por razones ecológicas.
Pero aún una política del desarrollo compatible con la ecología no podrá ignorar las lecciones básicas del pasado, las «verdades manifiestas». Este hecho, que se toma poco en cuenta en la discusión, se vuelve a su vez manifiesto si uno está dispuesto a pensar a fondo una política del desarrollo ecológicamente visionaria en forma operativa: ninguna de las «verdades manifiestas» contradice el inevitable imperativo de la ecología.
Bibliografía
Todas las «verdades manifiestas» esenciales se encuentran en el curiosamente apenas leído libro principal de Friedrich List: «El sistema nacional de la Economía Política» (1841), Tubinga 1959. He presentado un resumen de la argumentación de List en el artículo: «Friedrich List und die moderne Entwicklungsproblematik», en Leviathan, 1989, n-o.4 p. 561 - 573. List argumenta en forma configurativa, es decir en varias dimensiones, dimensiones que se relacionan entre sí mediante retroalimentaciones positivas o negativas. El economista medio de hoy debiera palidecer ante la amplitud sistémica de Friedrich List. Si existiera un premio Nobel para la atrofia de la memoria, las ciencias económicas como disciplina serían un digno primer candidato.
Las «verdades manifiestas» no se descubren mediante análisis individuales, sino sólo gracias a una reflexión sistemática que considera el material histórico y actual con fines de comparación. Así por ejemplo Dieter Senghaas, «Von Europa lernen», Francfort del Meno, 1982 [«Aprender de Europa. Consideraciones sobre la historia del desarrollo», Barcelona y Caracas, Editorial Alfa, 1985], Hartmut Elsenhans: Nord-Süd-Beziehungen, Stuttgart 1984; Ulrich Menzel, In der Nachfolge Europas. Autozentrierte Entwicklung in den ostasiatischen Schwellenländern Südkorea und Taiwan. München 1985;
Ulrich Menzel und Dieter Senghaas, Europas Entwicklung und die Dritte Welt. Eine Bestandaufnahme. Francfort del Meno 1986. Samir Amin; La déconexion, Paris 1986/ Ulrich Menzel: Auswege aus der Abhängigkeit. Die Entwicklungspolitische Aktualität Europas. Francfort del Meno, 1988. Cynthia Taft Morris e Irma Adelman: Comparative Patterns of Economic Development 1850 - 1914, Londres 1988/ Paul Bairoch: Economics and World History. Myths and Paradoxes. Londres 1993.
El Dr. Dieter Senghaas es profesor de Política
Internacional y Sociedad Internacional desde 1978 en la Universidad de Bremen. Las áreas principales de su trabajo científico son la investigación de la paz y el desarrollo y temas básicos de las ciencias sociales.