D+C Desarrollo y Cooperación (No. 3, Mayo/junio 2002, p. 14-16)


¿Qué quieren los adversarios de la globalización?
Motivos de un movimiento contra los poderosos en los países industriales

Michael Ehrke


La Cumbre del G8 de Génova ofreció - luego de los sucesos de Seattle, Praga, Davos, Gotemburgo, etc. - otro escenario para la nueva generación de rebeldes que se autodefinen como adversarios de la globalización. Su protesta es un hecho político, porque cuenta con una cierta simpatía entre la población: los adversarios de la globalización expresan un malestar bastante extendido en los países industriales.


Los objetivos de los manifestantes quedan, sin embargo, a menudo poco claros. Ello se debe a que forman una coalición singular, con algunos componentes grotescos. No obstante, la mayoría de ellos aboga por una serie de reformas muy concretas, entre ellas una más estricta regulación del sistema financiero internacional, particularmente un riguroso control de las Bolsas de Valores y los bancos, un impuesto a las transacciones financieras y el cierre de los «paraísos impositivos» offshore.

También abogan por el libre acceso de los países en desarrollo a los mercados agrarios protegidos de los países industriales, la condonación de la deuda externa de los países en desarrollo, el establecimiento de estándares sociales, ambientales y democráticos en los acuerdos internacionales de comercio y la continuación del Proceso de Kyoto para la protección del clima mundial.

Simultáneamente rechazan cualquier nueva ronda de liberalización, así como los acuerdos comerciales para la protección de la propiedad intelectual y un posible acuerdo global de inversiones. Por otra parte reclaman la reforma, el control democrático y/o cambios en las prioridades del Banco Mundial y el FMI.


Globalización: un blanco móvil

Un denominador común de todas esas exigencias es que podrían estar incluidas en los programas de los partidos políticos establecidos y que desatan aplausos en programas televisivos y gozan de aceptación en círculos internacionales de expertos. Por el contrario, no todas sus críticas se dirigen contra la globalización:

  • La apertura de los mercados para facilitar las exportaciones de los países en desarrollo lleva a un aumento de la globalización, a terminar con las últimas reservas proteccionistas de la economía mundial.
  • Lo mismo es válido para el rechazo de una interpretación estricta de los derechos de propiedad intelectual, que cierran a los países en desarrollo el acceso a determinadas tecnologías y productos o los encarecen sobremanera. Los adversarios de la globalización abogan en este campo por menos restricciones que sus defensores.
  • Algunas exigencias no aceleran ni frenan la globalización (p. ej. la condonación de la deuda y la continuación del Proceso de Kyoto).
  • Las exigencias de un mayor control de los mercados financieros globales (apoyada, entre otros, por George Soros, Paul Volcker y Gerhard Schröder) y el cierre de los «paraísos impositivos» (tal como lo exige la OCDE), pueden ser interpretadas como medidas contra mercados desbocados, pero también como el necesario acompañamiento de un proceso de globalización en principio irreversible y aceptado.
  • El rechazo de una nueva ronda de la Organización Mundial de Comercio (OMC) se dirige efectivamente en forma explícita contra el libre comercio. No obstante, en vista del grado de libre comercio ya alcanzado, renombrados economistas parten de que nuevas rondas de negociaciones tendrían a lo sumo efectos marginales.
  • Las exigencias de mayor control democrático y cambios en las prioridades de las organizaciones e instituciones internacionales cierran una brecha de legitimación democrática, vista como problemática también por muchos políticos.

El movimiento no es un levantamiento contra la globalización y, en su mayor parte, tampoco contra el capitalismo. Tampoco defiende una alternativa al ordenamiento económico y social dominante. Su coherencia política en comparación no sólo con movimientos socialistas del pasado, sino también en comparación con los Verdes en su primera fase, es débil.


¿Cuál es el denominador común
de las protestas?

Una primera respuesta posible: no existe. El movimiento de protesta es efectivamente demasiado heterogéneo. A los diversos grupos une sólo una reacción colectiva pavloviana a las cumbres internacionales, que desata el incontrolable impulso de acudir a los lugares correspondientes y realizar allí rituales violentos o no violentos. El movimiento no se divide solo en violentos y no violentos, anticapitalistas y reformistas. También las fuerzas reformistas difieren entre sí en cuanto al alcance de las reformas a las que aspiran. Unos quieren la democratización de la OMC, otros renunciar a una nueva ronda de la OMC y otros terminar con la OMC. En pocas palabras: el movimiento es demasiado heterogéneo como para transmitir un claro mensaje.


Temor, ira y vergüenza

El denominador común del movimiento no es de tipo racional y programático, sino emocional. Lo que une al movimiento antiglobalización en los países industriales (y a éste con muchos otros ciudadanos) es el temor (a un proceso incierto de cambios sociales y la pérdida de orientación e identidad), la ira (ante la injusticia social) y la vergüenza (por la riqueza de los países industriales). Se trata por lo tanto de sentimientos.



McMundo: el malestar cultural

Otro elemento común del movimiento antiglobalización es el malestar con respecto a un McMundo dominado por logotipos de empresas tales como Nike, McDonalds y Coca-Cola, en que se disuelven las diferencias y las esencias, en el que supermercados, cuartos de hotel y cruces de carreteras, etc. se ven iguales tanto en Katmandú como en El Cairo o Munich. Las especifidades regionales y culturales se disuelven, dejando lugar a modelos de consumo iguales en todo el mundo. Así como las lenguas de este mundo se cruzan al nivel del basto inglés de la new economy, los entornos de vida se semejan como el interior de los aeropuertos.

El movimiento de los adversarios de la globalización tiene motivos más culturales y subculturales que políticos. No lleva adelante una «guerra santa» contra la cultura globalizada, tampoco le opone un principio fundamental único, sino un variopinto ramillete de motivos que, en parte, surgen de las culturas amenazadas por el McMundo.


Neoliberalismo, mercado
y democracia

Los adversarios de la globalización se transforman en un movimiento político a partir de su crítica racional y explícita al neoliberalismo. El blanco de las críticas es el neoliberalismo no como escuela económica, sino como proyecto político y como resignada autoabolición de la política. En el proyecto neoliberal ven una estrategia que - con la etiqueta «Consenso de Washington» - tiene como objetivo la conformación de un mercado único mundial. Los protagonistas de esa estrategia son a su vez, agregan, el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio (OMC), Wall Street, el U.S. Treasury, las grandes empresas y la Casa Blanca. De autoabolición de la política califican a la actitud de políticos que, no siendo neoliberales, capitulan ante las leyes de los mercados globales y defiende la adaptación de la política a las decisiones del mercado como necesaria y por carecer de alternativas.

A los ojos de los críticos de la globalización, la política neoliberal, ya sea activa o resignada, profundiza la división del mundo en países ricos y pobres y también la de la sociedad en pudientes y necesitados. La globalización, agregan, da también marcha atrás en los logros alcanzados a través del Estado benefactor y agrega una nueva dimensión a la contradicción entre riqueza y pobreza, que podría haber sido acometida en un marco nacional: a una mayoría de la población, unida al territorio y dependiente del Estado se contrapone una capa superior móvil y globalizada, que puede extraer en cualquier momento a la sociedad sus recursos, a bajo costo y con escasos riesgos.

Los críticos del neoliberalismo argumentan contra las leyes propias del mercado con la prioridad normativa de la política democrática. Los mercados, dicen, deben expandirse sólo en la medida deseada por los ciudadanos en el libre uso de su voluntad, ya que no siempre funcionan automáticamente en beneficio de todos, tal como prueba la existencia de mercados de esclavos, drogas y extorsiones. No obstante, agregan, los criterios para ordenar y limitar los mercados no surgen de los propios mercados. No existen otros sistemas de valoración de los que se pudiera derivar ese tipo de criterios (tales como las religiones o los sistemas científicos), resaltan: el único posible es el resultado de procesos abiertos de entendimiento entre los ciudadanos, llevado a la práctica a través de instituciones democráticas y expresados en disposiciones estatales.

Los críticos de la globalización hacen un llamado a los ciudadanos y sus representantes a llevar a la práctica las posibilidades de accionar político y la obligación de dar formas concretas a la democracia, definir prioridades ecológicas, sociales y morales e imponerlas contra la dinámica propia de la economía.


El egoísmo de los poderosos

El neoliberalismo no es más que un muñeco de paja e incendiarlo no tiene más que un significado simbólico. El neoliberalismo no explica el funcionamiento de la economía global y tampoco es - a pesar de los ataques verbales - el verdadero objetivo de los críticos de la globalización. La economía y la política globales funcionan sólo en parte de acuerdo con las leyes del mercado: decisivas son las relaciones de poder. A la racionalidad de los mercados se acude cuando va conforme con los intereses de los poderosos (personas, empresas, Estados), pero no cuando va contra esos intereses. A través de sus asociaciones, las empresas abogan por el mercado libre, pero cada empresa aislada busca y aprovecha toda ventaja competitiva, aunque sea en la más vergonzosa forma de intervención estatal. La cuestión no es si hay que regular o desregular, sino quién sale ganando de la regulación o la desregulación.


Política y poder:
¿quién le pone el cascabel al gato?

Un excelente ejemplo de política económica y relaciones de poder son los mercados agrarios protegidos de los países industriales, que capearon sin daño alguno y durante décadas ataques no sólo económicos, ecológicos y de política social, sino también liberales y neoliberales.

Su legitimidad es igual a cero en todas las coordenadas posibles de referencia. Lo único que explica su existencia es el poder de quienes se benefician de ellos. Otro ejemplo son los debates en torno a plazas o políticas de asentamiento de empresas, que en el marco teórico del neoliberalismo no tienen sentido, pero a las que el egoísmo práctico de los Estados da absoluta prioridad con respecto a la autonomía del mercado.


El objetivo de los críticos de la globalización no son tanto el neoliberalismo, sino sus protagonistas, en tanto «poderosos» en sentido amplio, esté su poder basado o no en el mercado. Entre ellos se cuentan también los políticos de los Estados poderosos (es decir, G8) que olvidan su deber democrático de proteger a los menos poderosos. Al egoísmo y oportunismo de los poderosos oponen una moral pública que denuncia como escándalo todo aquellos que contradice el consenso básico normativo de las democracias, pero es aceptado como hecho en la práctica política. Cuando, p. ej., el abastecimiento barato de los enfermos de sida en frica con medicamentos sólo es posible si no se afectan los derechos internacionales de patente de los consorcios farmacéuticos, ello es económicamente racional - se podría argumentar - pero contradice toda moral pública, sin la cual tampoco pueden funcionar los mercados.


Conclusión: los Verdes del futuro

El movimiento de los adversarios de la globalización es tan variopinto, que todos los motivos arriba mencionados lo caracterizan de una uotra forma. Es posible que colapse debido a su más clara contradicción interna: entre quienes desaprueban y quienes apoyan la violencia. Asimismo es posible que (como todo movimiento político), se alimente en gran parte de energía emocional y de una estética subcultural, en lugar de explicitarse en exigencias políticas racionales. Los propios protagonistas ven seguramente el enemigo común en el neoliberalismo, pero corren peligro de crear un chivo expiatorio: neoliberales en sentido estricto son sólo algunos profesores de economía, pero no la mayoría contra quienes se dirige la ira de los adversarios de la globalización. La contradicción entre una moral pública válida por lo menos rudimentariamente y esa flagrante realidad es al fin y al cabo un motivo normativo central de los adversarios de la globalización, pero se dirige contra un adversario difícil de definir, ya que el estilo de vida de las mayorías en los países industriales conforma la base de los escándalos denunciados.

¿Tiene el movimiento antiglobalización una perspectiva comparable a la de los Verdes en su fase de formación? ¿Surge una nueva fuerza política, que en un futuro puede conformar un partido político o propone temas a los que en algún momento tendrán que abocarse todos los partidos políticos, tal como hoy ningún partido puede existir sin puntos programáticos ambientales?

Tanto los Verdes como los adversarios de la globalización dirigen la atención sobre procesos generados por el ser humano cuya incontrolada continuación desembocará en una catástrofe. Ambos movimientos tienen en común que su tema central nunca se agotará: tal como siempre habrá catástrofes ambientales, el desarrollo económico mundial siempre irá acompañado de crisis. No obstante, los adversarios de la globalización tienen dos ventajas con respecto a los Verdes: primero, representan un tema que, a diferencia del ambiental, nunca podrá tildarse de «problema especial» y sus críticas y exigencias tienen como objetivo áreas centrales del sistema económico y político de los países industriales y segundo, los adversarios de la globalización tienen más puntos de contacto con la corriente política y económica central que los Verdes en los años 70. Además no sostienen ningún principio fundamental contra el orden establecido, sino que argumentan con los propios conceptos de éste. En forma dramática llaman la atención sobre conflictos que también advierten los representantes de ese orden. Por ello corren menos que los Verdes el peligro de caer en la riesgosa alternativa entre la incapacidad política integrista y la pérdida de substancia realista.

Los sistemas políticos occidentales estuvieron en condiciones de absorber a los Verdes, para provecho de esas democracias. Ahora deben adaptarse a un nuevo desafío.


Fuente:
International Politics and Society (Politik und Gesellschaft) 4/2001, © Fundación Friedrich Ebert. 4/2001

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